Hace no mucho aprendí que la vida no espera a nadie.
Creo que es una de esas cosas que deberían enseñarnos antes de empezar a hablar, antes de echar a andar.
Acostumbramos a medir el tiempo como un rosal del que solo vemos las flores y las espinas, no el tallo que permite a cada una.
Nos quedamos con el ruido, con los gritos, con las lágrimas, esas que hablan todos los idiomas, pero no con el silencio.
Lo que separa las equis en el mapa es lo que da razón al reloj. Todavía hay quien sueña en horas y veinte y aun caben hazañas en los minutos pares que no son en punto.
Ya se fue el vigésimo quinto abril y como despedida me regaló una duda:
¿Qué es un año?