Pocas cosas me atraen más que un mal café soluble bien caliente, el murmullo ahogado de mi ordenador portátil y una infinita página en blanco.
Con frecuencia, cuando llega el momento de enfrentarme al teclado, me vuelvo mudo. Las luces se apagan, cae el telón y las musas cierran por fuera.
Acabó la función. Game over.
Por cierto, ya no nos enviamos cartas.
En la era de la hiperconectividad no hay sitio para la verdad. Nos hemos reservado el derecho de admisión para ejercerlo como arma arrojadiza contra aquel que se manifieste sin una pantalla de por medio.
Creamos la sociedad que convirtió en penitencia la compañía de uno mismo. La soledad es siempre, y únicamente, ausencia. No queremos reconocer que la sencillez de regresar a lo escrito, a lo que una vez fuimos, es la máxima expresión de la complejidad que presumimos hoy. Para hablar necesitamos las manos.
He olvidado la última vez que vi a alguien conquistar una hoja de papel. Las letras alardean de una piel sin cicatrices. Se borran y comenzamos de nuevo. Todo es error si ensucia la blancura inmaculada de una certeza aparente. Los tachones, el rastro que dejan las dudas cuando se posan en los dedos, han perdido su condición de maestros.
Las cartas son la tabla de salvación de aquellos que tienen algo que decir. Nadie es capaz de sostener un lápiz hecho de silencios. Todavía hay quien abandona la palabra en la inmensidad de un folio. Aún quedan insensatos que se aventuran a lanzar al mar su voz en una botella. Por suerte, algunos SOS no pertenecen a cualquiera.
Joder, se me está acabando la batería.