Pocas cosas me atraen más que un mal café soluble bien caliente, el murmullo ahogado de mi ordenador portátil y una infinita página en blanco.
Con frecuencia, cuando llega el momento de enfrentarme al teclado, me vuelvo mudo. Las luces se apagan, cae el telón y las musas cierran por fuera.
Acabó la función. Game over.
Por cierto, ya no nos enviamos cartas.