Hasta más ver, 2020

Y, como casi todo, el 2020 también terminó.

Sin embargo, antes de perderlo completamente de vista, quiero ponerle palabras, darle forma y hacerle ver que, aunque se llevó demasiadas cosas, no nos dejó con las manos vacías.

2020 ha sido, de largo, el año más inverosímil y visceral que muchos hayamos conocido. Durante meses ha golpeado ininterrumpidamente ahí donde más dolía, recordándonos la fragilidad de nuestra presencia. Mientras, nos aferrábamos a la cara de una moneda al aire si al final de ese día estábamos todos.

2020 nos ha dado miedo. Temimos por muchas cosas, por muchas razones y por mucha gente. Temimos en muchos lugares, en muchos momentos y a muchos valientes. Temimos porque todos perdimos algo:

El equilibrio; al despedirnos, desde tan lejos, de esas manos que no dejaron de sostenernos.

La identidad; al partir, en ese adiós, un pedazo de nuestra memoria.

El mañana; al quedarnos, más vacíos, en un ahora más oscuro.

Por eso, si has conocido a alguien que no tuvo miedo es porque, desde el principio, tampoco tenía mucho más.

2020, ha sido, también, frío. Un frío que llegó, se instaló y no tuvo prisa. Había frío en la calle. Y en casa. Y en el hospital. Y en el paro. Había frío hasta en las miradas. Se nos heló, entonces, una parte del alma que ya no podremos salvar. Será ese, un eterno recuerdo frío, el peaje que pagaremos para no olvidar que una vez [más] encallamos.

En 2020, además, hemos estado solos. En 2020, además, hemos estado solos -sin saber hacerlo-*. Y no me refiero a esa soledad impuesta y perra que trae consigo la muerte, no. Hablo de una soledad en la que no falta nadie, una soledad elegida y necesaria. Una soledad, esta, que nos pone frente a un espejo en el que cuesta mirarse porque nos vemos nítidos, imperfectos y ensangrentados. Y, por ello, preferimos acomodarnos en una ceguera en la que no hay dudas ni borrones, pero que nos condena, irremediablemente, a los vaivenes de la voluntad ajena.

2020 ha sido un año cabrón, es verdad.

No obstante, no quiero que su impronta sea solo miedo, frío y soledad.

2020 nos deja una tremenda cura de humildad. Cuando nosotros, la más compleja de las especies, paramos, el resto avanzó. Continuaron, de hecho, más libres y más vivas.

2020, quizá por las malas, nos ha ayudado a crecer. Hemos aprendido a cerrar las viejas heridas mientras vamos abriendo las nuevas. Hemos aprendido que, a estas alturas, no importa lo alcanzado si en ello no hay una parte, real, de nosotros mismos.

2020 nos ha enseñado, por último, a creer. Puede que estar perdido sea una etapa más del camino. Confiemos, pues, en las curvas que hay en nuestros pasos.

Hasta más ver, 2020.

A cada una

A cada reloj fatigado, una fotografía nítida.

El minutero ya no termina en punta y, ahora, aparece y desaparece como el ámbar de un semáforo. Por momentos parece cansado, pero no se olvida de que el tiempo es una carrera de relevos, y el segundero llegará primero para darle el testigo. A las agujas las empujan los recuerdos. La memoria es la garantía de que empezamos de cero. Que el blanco y negro sea una decisión y la siguiente instantánea nos cueste sólo un disparo.

A cada beso negado, una caricia gratuita.

La austeridad, de puertas para fuera. La avaricia al besar se vuelve contra nosotros, se enquista y metastatiza. Cercena los labios venideros y lo que ahorramos en saliva lo gastamos en lágrimas. Nos dijeron que había brotes verdes y alzamos la vista en busca de algo que tenemos enfrente. Puede que gestionar tenga más de gesto de que de administrar, y  que derrochar, aquí, sea más un derecho que un defecto.

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A mi yo de mañana

“Graba un mensaje para tu yo de los 30”

Hacía tiempo que unas palabras no me descolocaban tanto. Las escuché y algo se me removió dentro. Sin entender muy bien por qué, se me antojaba imposible pasar por alto esa frase. Me resultaba, a partes iguales, tremendamente nostálgica y terriblemente compleja.

He tratado de aparcarla, de dejarla en fuera de juego, de silenciarla. Todo, sin éxito. Mandarnos callar no tiene mucho sentido porque, mientras lo hacemos, seguimos hablando.

Así que hoy, después de haber visto el invierno en la boca de aquellos que sólo sienten frío cuando baja el termómetro, tengo que decirme algo.

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