A cada reloj fatigado, una fotografía nítida.
El minutero ya no termina en punta y, ahora, aparece y desaparece como el ámbar de un semáforo. Por momentos parece cansado, pero no se olvida de que el tiempo es una carrera de relevos, y el segundero llegará primero para darle el testigo. A las agujas las empujan los recuerdos. La memoria es la garantía de que empezamos de cero. Que el blanco y negro sea una decisión y la siguiente instantánea nos cueste sólo un disparo.
A cada beso negado, una caricia gratuita.
La austeridad, de puertas para fuera. La avaricia al besar se vuelve contra nosotros, se enquista y metastatiza. Cercena los labios venideros y lo que ahorramos en saliva lo gastamos en lágrimas. Nos dijeron que había brotes verdes y alzamos la vista en busca de algo que tenemos enfrente. Puede que gestionar tenga más de gesto de que de administrar, y que derrochar, aquí, sea más un derecho que un defecto.