Ascensores

Siempre me pareció valiente subir el volumen de los auriculares antes de entrar a un ascensor.

Resulta casi heroico gritarle a esos compañeros de viaje que lo que sea que escuchas es la banda sonora de tu camino a ninguna parte.

Hemos olvidado que ni la música entiende de modales, ni las palabras quisieron nunca saber de intimidad.

Me han contado de todo

Somos la vida en la que alguien un día basará su historia.

Viajes que discurren en paralelo y que, a veces, comparten parada. Capítulos que son hechos y experiencias que se tornan episodios. Un espejo frente a otro donde, a menudo, personaje y persona intercambian mucho más que un sufijo. Eso es vivir, eso es contar.

Y hablando de contar…me han contado de todo. De ascensos, de caídas, de victorias, de derrotas, de recompensas y de pérdidas, de regresos y de partidas, de autocomplacencia y de ambición.

Muchos de esos relatos ya concluyeron. Aquellas narraciones tocaron a su fin y hoy ya ocupan su lugar en la autopista, de doble sentido, que conecta memoria y nostalgia. Errantes, pero nunca perdidas, pues me formé más viendo la claudicación ajena que saboreando el triunfo propio. Historias con carácter, que dejaron un poso del que hoy florecen lecciones con más autoridad que cualquier facultad, que todas las nóminas.

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Maradona es el fútbol

Rezan así los últimos versos del incuestionable poema Nunca jamás, de Walter Saavedra:

“Cómo vas a saber lo que es la vida, hijo mío, si nunca jamás jugaste a la pelota”.

Leyéndolo una y otra vez, no consigo borrar de mi mente la imagen, siempre de albiceleste, de Diego Armando Maradona junto a un balón de fútbol.

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