Me fascina el poder que tienen las líneas sobre el asfalto: la discontinua, el arcén o un paso de peatones.
Es casi insultante cómo unas pinceladas de trazo áspero nos hacen sentir cómodos, seguros y protegidos. En posesión, qué duda cabe, de la razón absoluta contra golpes de claxon, ráfagas de luces de carretera e improperios de otros que, evidentemente, están equivocados.
Hemos asumido que todo vale si está delimitado por las marcas que rigen el trayecto sin conocer el motivo.
Se nos da bien acceder, consentir y aplaudir mientras pensamos que tocar las palmas en grupo mejora el compás.
En la generación del ‘me gusta’, en la nuestra, utilizar el “me gustas” es adelantar con línea continua.