A ti, que estás perdido

Te confesaré algo: ni sé por dónde empezar.

Supongo que todo aquello que nos contaron sobre la universidad, el trabajo, la soledad o el amor, no siempre sucede. No, por lo menos, de la forma en la que nos lo vendieron. No, definitivamente, a quienes nos arrastran el tiempo y las dudas.

Avanzamos por obligación, porque no hay vuelta atrás, porque no podemos volver a empezar. Avanzar, pues, no es más que la sucesión -inevitable y gris- de vivencias incompletas y preguntas mal formuladas. Un tránsito en el que la única constante es la insatisfacción.

¿Y ahora qué?

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Enseñar las costuras

Una íntima desconocida me preguntó una vez si tenía miedo a “enseñar las costuras”.

Las costuras son la definición más auténtica e incuestionable de cada uno de nosotros. Las costuras son todo aquello que nos duele.

Uno elige dónde curarse; cómo tratarse; con quién coserse. Pero nadie, absolutamente nadie, elige qué le duele.

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Ya no nos enviamos cartas

Pocas cosas me atraen más que un mal café soluble bien caliente, el murmullo ahogado de mi ordenador portátil y una infinita página en blanco.

Con frecuencia, cuando llega el momento de enfrentarme al teclado, me vuelvo mudo. Las luces se apagan, cae el telón y las musas cierran por fuera.

Acabó la función. Game over.

Por cierto, ya no nos enviamos cartas.

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