Faros

Los faros están desapareciendo. Las nuevas formas de localización y navegación extinguirán, para siempre, la mirada más codiciada de los mares.

Estas viejas torres han alumbrado en noches cerradas y almas que se creían desahuciadas. Si los acantilados hablaran, los milagros tendrían sabor a sal.

Yo nunca he visto ninguno. Y sin embargo, también me he quedado prendado con la luz de sus pupilas.

No obstante, no todos los faros tienen vistas al mar.

Los hay que son ese consejo valiente y honesto que duele, enoja y guía.

Otros se esconden en la voz rota que canta la historia que creemos hecha para nosotros.

Algunos, los que menos, aparecen en medio de un desmarque durante la prórroga en la final de un Mundial.

Y luego están los demás, esos que ven, tocan y sonríen. Los que jamás tendrás que buscar, pues para ellos siempre serás su Norte.

Los faros están desapareciendo porque, a menudo, navegamos con los ojos cerrados.

A mi yo de mañana

“Graba un mensaje para tu yo de los 30”

Hacía tiempo que unas palabras no me descolocaban tanto. Las escuché y algo se me removió dentro. Sin entender muy bien por qué, se me antojaba imposible pasar por alto esa frase. Me resultaba, a partes iguales, tremendamente nostálgica y terriblemente compleja.

He tratado de aparcarla, de dejarla en fuera de juego, de silenciarla. Todo, sin éxito. Mandarnos callar no tiene mucho sentido porque, mientras lo hacemos, seguimos hablando.

Así que hoy, después de haber visto el invierno en la boca de aquellos que sólo sienten frío cuando baja el termómetro, tengo que decirme algo.

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