El sábado, al abrigo de la malagueña Plaza de la Merced, vi cómo dos pájaros se amaban en el abismo y me quede perplejo. Suspendidos sobre un alambre que empequeñecía muchos tejados, e invisibles a la vista de quien solo mira con los ojos, dejaron de ser extraños.
Se besaban. Se acariciaban. Probablemente sonreían. Seguramente, entre sonrojo y sonrojo, también intercambiaban confidencias. Quizá, con suerte, hasta quedaron prendados con el compromiso de lo efímero.