Hoy una amiga afirmaba que “en tiempos de guerra, el amor es trinchera”. No es suyo, aunque ya nunca se lo reconoceré a nadie más. Sirvan estas palabras como agradecimiento, mi queridísima.
Pero… ¿Y en tiempos de paz?
Hoy una amiga afirmaba que “en tiempos de guerra, el amor es trinchera”. No es suyo, aunque ya nunca se lo reconoceré a nadie más. Sirvan estas palabras como agradecimiento, mi queridísima.
Pero… ¿Y en tiempos de paz?
“El Valhalla es un enorme y majestuoso salón ubicado en la ciudad de Asgard, gobernada por Odín […] Cuenta con quinientas cuarenta puertas, cada una tan ancha como para que ochocientos guerreros puedan pasar por ellas marchando lado a lado […] Aquí, largas mesas brindan acomodo a los Einherjar (“combatientes solitarios”), los guerreros caídos en batalla, elegidos personalmente por Odín para estar allí […] Cuando un guerrero se ha distinguido especialmente por su valor, el mismo Odín se levanta de su trono para recibirlo, personalmente, en las puertas del Valhalla”.
Hace algunas semanas, uno de esos días en los que nada parece alterar el letargo por el que a menudo me dejo caer, Ibrahimovic volvió a ser protagonista. Mientras averiguaba el porqué, decidí reproducir un vídeo en el que, a modo de resumen, aparecían algunos de los goles más icónicos del futbolista sueco. Al tiempo, en una esquina del plano, un pequeño contador calculaba el número de dianas que había conseguido hasta el momento. La cifra, inquieta, no paraba de aumentar.
Los faros están desapareciendo. Las nuevas formas de localización y navegación extinguirán, para siempre, la mirada más codiciada de los mares.
Estas viejas torres han alumbrado en noches cerradas y almas que se creían desahuciadas. Si los acantilados hablaran, los milagros tendrían sabor a sal.
Yo nunca he visto ninguno. Y sin embargo, también me he quedado prendado con la luz de sus pupilas.
No obstante, no todos los faros tienen vistas al mar.
Los hay que son ese consejo valiente y honesto que duele, enoja y guía.
Otros se esconden en la voz rota que canta la historia que creemos hecha para nosotros.
Algunos, los que menos, aparecen en medio de un desmarque durante la prórroga en la final de un Mundial.
Y luego están los demás, esos que ven, tocan y sonríen. Los que jamás tendrás que buscar, pues para ellos siempre serás su Norte.
Los faros están desapareciendo porque, a menudo, navegamos con los ojos cerrados.