Una ingeniera por Marlon Brando

Un orgasmo continuo.
Una calada interminable.
Un anhelo perpetuo.
Una amargura perenne.
Un estribillo eterno.

Nada sería menos fascinante.
Nada sería menos.
Nada sería.
Nada.

Somos temporizadores de sueños. Venimos al mundo con la cuenta atrás en marcha y la posibilidad de detenerla colgada del llavero que nunca prestamos.

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Llegó, se coronó y abdicó

Llevo ya varios días buscando una razón para ponerme de nuevo frente a las teclas. Tiempo en que las que las musas no han tenido a bien ni pasar a saludar. Ni un gesto, ni una muestra de interés, ni tan siquiera una mueca para que deje de dármelas de juntaletras con ínfulas. Nada.

Sin embargo, los minutos no han llegado a conformarse horas desde que he encontrado el argumento idóneo para estar sentado frente a la pantalla.

Aunque para nadie era ya un secreto, supongo que en el fondo todos albergábamos el anhelo de volver a verlo con un escudo en el pecho. Pero no, no será así. No, al menos, a nivel profesional. Y es que, Ronaldo de Assis Moreira, Ronaldinho, se retira. Marcha. Deja huérfanos a los que le vimos y a los que no. Deja sin referente a un fútbol que hizo suyo. Una escuela cimentada sobre calidad, alegría y amor por la pelota.

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Un asiento en la memoria

He de reconocer que para quien les escribe, Navidad no deja de ser febrero vestido de etiqueta. Comidas por decreto. Regalos desangelados. Brindis sin fe. Y aun así, resulta complicado no experimentar ese espíritu instaurado que todos sentimos como propio.

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