Zlatan, el Valhalla te espera

“El Valhalla es un enorme y majestuoso salón ubicado en la ciudad de Asgard, gobernada por Odín […] Cuenta con quinientas cuarenta puertas, cada una tan ancha como para que ochocientos guerreros puedan pasar por ellas marchando lado a lado […] Aquí, largas mesas brindan acomodo a los Einherjar (“combatientes solitarios”), los guerreros caídos en batalla, elegidos personalmente por Odín para estar allí […] Cuando un guerrero se ha distinguido especialmente por su valor, el mismo Odín se levanta de su trono para recibirlo, personalmente, en las puertas del Valhalla”.

Hace algunas semanas, uno de esos días en los que nada parece alterar el letargo por el que a menudo me dejo caer, Ibrahimovic volvió a ser protagonista. Mientras averiguaba el porqué, decidí reproducir un vídeo en el que, a modo de resumen, aparecían algunos de los goles más icónicos del futbolista sueco. Al tiempo, en una esquina del plano, un pequeño contador calculaba el número de dianas que había conseguido hasta el momento. La cifra, inquieta, no paraba de aumentar.

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A mi yo de mañana

“Graba un mensaje para tu yo de los 30”

Hacía tiempo que unas palabras no me descolocaban tanto. Las escuché y algo se me removió dentro. Sin entender muy bien por qué, se me antojaba imposible pasar por alto esa frase. Me resultaba, a partes iguales, tremendamente nostálgica y terriblemente compleja.

He tratado de aparcarla, de dejarla en fuera de juego, de silenciarla. Todo, sin éxito. Mandarnos callar no tiene mucho sentido porque, mientras lo hacemos, seguimos hablando.

Así que hoy, después de haber visto el invierno en la boca de aquellos que sólo sienten frío cuando baja el termómetro, tengo que decirme algo.

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Tienen miedo

Son las 14:57 en el vagón de un tren del Metro de Madrid. Una pareja se esfuerza en no parecerlo. Se hacen arrumacos dosificando cada roce. Son dos ajedrecistas con la mente puesta en el final de la partida. Mientras, miden las sonrisas y censuran todo amago de honestidad.

Pero en sus manos hay verdad. En sus caderas, delirio. En sus teléfonos, llamadas perdidas. Y en su ojos, miedo.

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