Han pasado 10 años desde que llegué a Madrid.
Es acojonante.
Tengo la sensación de llevar casi toda mi vida aquí. Me suena tan lejano aquello que no sea esta ciudad que me cuesta encontrarme en otro sitio.
En este tiempo he aprendido que Madrid no es para todo el mundo. Eso es cierto. Sin embargo, creo que, de alguna manera, sí es un mundo para todos; en Madrid caben cualquiera de nuestros miedos, de nuestras taras, de nuestros deseos, de nuestras obsesiones, cualquiera de nuestros errores y cualquiera de nuestras heridas. Es un refugio, un destino, un punto de partida. Un sitio en el que aprender quién eres. Un lugar frío, impersonal y deshumanizado en el que, paradójicamente, casi nadie me ha reconocido sentirse solo. Como decía, caben tantas historias que ninguna, por distinta que sea, es extraña; todas pueden ser contadas.
Creo, también, que cada uno tiene su Madrid.
Y en él, un itinerario de viejos conocidos. La primera habitación. El primer ligue. La primera resaca. El primer paseo. La primera desilusión. El primer trabajo. La primera duda. Lugares, y sus sensaciones, que nos acompañarán siempre que volvamos a ellos. Un mundo propio, construido desde nuestros placeres y nuestras derrotas, en el que nos sentimos libres y auténticos. Uno sobre el que tenemos jurisdicción para decidir con quien lo compartimos. No hay, apenas, actores de reparto ya que, de algún u otro modo, los que invitamos a este Madrid nuestro, están porque vienen para jugar un papel, para coprotagonizar y abrillantar, desde lo que nos son, este rinconcito nuestro.
El mío, mi Madrid, arranca -en 2011- viendo cómo, desde un andén de Atocha, se marcha un “Metro” de la línea 1. Prometo que, en ese momento, pensé que todo terminaba ahí. El tren se fue y yo estaba completamente desorientado. No sabía cuándo llegaría otro ni si sería capaz de cogerlo. Recuerdo, también, preguntar a un hombre, y su sonrisa al señalar el panel que indicaba que quedaban 4 minutos hasta el siguiente. Si a la vida, a veces, pudiéramos ponerle cara, la mía, en ese instante, tendría la de aquel señor. Hay destinos a los que no podemos llegar a la primera y, quizá por eso, trenes que pasan dos veces.
A mi Madrid llegué solo, literalmente. Nadie me acompañó a hacer el papeleo de la universidad, ni me ayudó a cargar las maletas. Nadie me llevó a la Puerta del Sol ni me invitó a un bocadillo de calamares. Por supuesto, no fue ningún drama. Llegué solo, es verdad, pero ya entonces en mi Madrid me esperaban personas que hoy, afortunadamente, siguen dando identidad y sentido a esta trinchera.
En mi Madrid soy un eterno turista. Hay muchísimos rincones que, todavía hoy, no he conocido. Y hay otros tantos que, aun habiéndolos visitado, se vuelven extraños al regresar con una nueva cicatriz. Rincones, todos, en los que uno aprendió a estar en el mundo, y por los que Madrid es el escenario de mi vida. Esquinas con las que dejé atrás calles que no me llevaban a ninguna parte. Y calles, y asfalto, y ruido, y atascos, y demoras, y aglomeraciones, y barro y cenizas; una ciudad, de abrazo salvaje, en la que uno, también, encontró su naturaleza.
Volver a mi Madrid es estar ahí. Mirar hacia dentro. Disfrutar el cosquilleo. Soñar en grande. Sonreír al cielo. Volver a mi Madrid es llegar a casa.
Madrid, el mío, es lo mejor que he escrito. Lo único salvable que han parido mis manos. El camino en el que más creo. Mi voz en la memoria de los que, en él, vienen conmigo. Un concepto, a fin de cuentas, tan íntimo y personal que nadie podrá leer nunca.
Aquí, a mi Madrid, hace ya 10 años, llegó un tipo flaco, risueño y ansioso. En este tiempo, me han salido las canas, me ha crecido la barba y se me han abierto las arrugas. He besado a la soledad y dormido, muchas noches, con el desencanto. Me han dado oportunidades y he rehusado disculpas. Terminé un máster y comencé un error. Vi la libertad y entendí el adiós.
No sé cómo cerrar esto.
No me olvides nunca.
Te quiero.
Madrid, a 18 de noviembre de 2021.
10 años después.