A mi yo de mañana

“Graba un mensaje para tu yo de los 30”

Hacía tiempo que unas palabras no me descolocaban tanto. Las escuché y algo se me removió dentro. Sin entender muy bien por qué, se me antojaba imposible pasar por alto esa frase. Me resultaba, a partes iguales, tremendamente nostálgica y terriblemente compleja.

He tratado de aparcarla, de dejarla en fuera de juego, de silenciarla. Todo, sin éxito. Mandarnos callar no tiene mucho sentido porque, mientras lo hacemos, seguimos hablando.

Así que hoy, después de haber visto el invierno en la boca de aquellos que sólo sienten frío cuando baja el termómetro, tengo que decirme algo.

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Tienen miedo

Son las 14:57 en el vagón de un tren del Metro de Madrid. Una pareja se esfuerza en no parecerlo. Se hacen arrumacos dosificando cada roce. Son dos ajedrecistas con la mente puesta en el final de la partida. Mientras, miden las sonrisas y censuran todo amago de honestidad.

Pero en sus manos hay verdad. En sus caderas, delirio. En sus teléfonos, llamadas perdidas. Y en su ojos, miedo.

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Aquella vez

En estos días de prisas sin tregua y relojes con retraso, recordar es vivir en diferido. Y aun así, un regalo que pocos degustan en presente.

En estos tiempos en los que obviamos el ahora en pos del mañana, traer el ayer a la memoria resulta el spoiler más valioso que el calendario nos concede.

Paseando por Madrid he vuelto a saludarme, a preguntarme qué tal, a abrazarme con los escombros del que evoca una duda. Y en el mismo sitio y a la misma hora, unas palabras de Eduardo Galeano se sacuden el polvo que deja una demolición:

“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”

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