A ti, que estás perdido

Te confesaré algo: ni sé por dónde empezar.

Supongo que todo aquello que nos contaron sobre la universidad, el trabajo, la soledad o el amor, no siempre sucede. No, por lo menos, de la forma en la que nos lo vendieron. No, definitivamente, a quienes nos arrastran el tiempo y las dudas.

Avanzamos por obligación, porque no hay vuelta atrás, porque no podemos volver a empezar. Avanzar, pues, no es más que la sucesión -inevitable y gris- de vivencias incompletas y preguntas mal formuladas. Un tránsito en el que la única constante es la insatisfacción.

¿Y ahora qué?

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Las buenas preguntas

– Me gustan las buenas preguntas.

+ ¿Por qué?

– Porque siempre caminan solas.

+ ¿Qué?

– Que, tras ellas, sólo queda el silencio. Te roban la palabra y secuestran la réplica.

+ ¿Cómo?

Despojándonos de las respuestas que nunca nos pertenecieron, que jamás sentimos nuestras. De las respuestas a las que, con la dedicación que nos negamos, dimos la forma del capricho ajeno.

+ ¿Quién?

– Tú. Y yo. Y todos los que aprendimos después de no saber contestar. Cualquier día, te lo aseguro, la pregunta correcta derruirá muchas de las verdades que hoy creías inexpugnables.

+ ¿Cuándo?

– Cuando tengas el coraje de darle a alguien las razones suficientes para que pase sin llamar. Cuando te hayas quitado tanta piel que sólo se vean vísceras. Cuando hagas hueco a algo más que a un “lo sé”.

 

– ¿Tú por qué escribes?

+

Enseñar las costuras

Una íntima desconocida me preguntó una vez si tenía miedo a “enseñar las costuras”.

Las costuras son la definición más auténtica e incuestionable de cada uno de nosotros. Las costuras son todo aquello que nos duele.

Uno elige dónde curarse; cómo tratarse; con quién coserse. Pero nadie, absolutamente nadie, elige qué le duele.

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