Felices vacaciones

“A esto podría acostumbrarse uno”, me gusta decir cuando participo en algún plan con el que me siento satisfecho y afortunado.

Pero no es cierto.

Esas palabras, en realidad, están llenas de incomodidad, de escepticismo y de culpa.

En aquellos lugares en los que deberíamos celebrar las pequeñas conquistas de la vida, yo me endeudo con ella. Como si nunca, nada, fuera suficiente. Como si esos placeres pertenecieran a quienes siempre los disfrutaron. Como un asno en un panal; agradecido, desubicado y vigilante. Saboreando, con pudor, las mieles hechas para bocas con menos dudas, mientras espero, convencido, la siguiente picadura.

Si algo es bueno, lo veré caro.

Si algo es caro, lo percibiré breve.

Si algo es breve, lo será demasiado.

Y si es demasiado, no sabré merecerlo.

Puedes sacar al chico del barrio, pero no el barrio del chico”, que dirían.

No es mía, pero sí verdad.

Hay bares a los que solo iría para estar detrás de la barra, coches en los que no me movería de la segunda fila, tiendas en las que me sobraría con las perchas, escuelas a las que no accedería ni a los cursos online y destinos a los que mis fotos avergonzarían.

Hay principios en los que uno no sabe cuándo empezó; y justicia en los finales a los que se llega con los que elegimos.  

Felices vacaciones.

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