Una íntima desconocida me preguntó una vez si tenía miedo a “enseñar las costuras”.
Las costuras son la definición más auténtica e incuestionable de cada uno de nosotros. Las costuras son todo aquello que nos duele.
Uno elige dónde curarse; cómo tratarse; con quién coserse. Pero nadie, absolutamente nadie, elige qué le duele.
Son un cuarto desordenado y sin ventanas. Un albúm con todas las fotos que precedieron a la buena. Las palabras que no compartí.
Las costuras se muestran, pero no se ven.
Son la medida del coraje de su dueño.
Patrimonio de cualquiera que respire, pero animales extraños, casi en peligro de extinción, los capaces de invitarte a contemplarlas.
Enseñar las costuras es señalar la herida.
Darle a alguien alcohol y esperar que, cuando esté borracho de venganza, lo utilice solo para evitar que se infecte, para limpiarla.
Creerte fuerte mientras te desvistes. Un acto de fe.
Y a pesar de saberlo, también me he hecho grande desgarrando las de otro. También he descosido la única certeza que le quedaba a quien me permitió mirar; que no podía dolerle más.
Por eso sé qué son las costuras.
Por eso sé que solo se muestran.
Por eso sé que requieren valor.
Por eso sé que pueden doler más.
Por todo eso respondí que no, que no tengo miedo a enseñarlas.