El reloj parado

Una vez pregunté por qué los relojes marcan las 10:10.

Nadie lo tenía muy claro.

“Porque las agujas, en esa posición, dibujan una sonrisa”, aseguró alguien.

Mentiría si no reconociera que me gustó la respuesta. Mentiría, de la misma forma, si dijera que le creí.

Los relojes marcan las 10:10 porque no sabemos llegar a tiempo. Hemos hecho del retraso una forma de vida y no quedan alarmas que nos duelan a la primera.

Nos movemos deprisa. Carecemos de cualquier destino al que llegar si no es empujados por la urgencia. No tenemos ya citas antes de y media, y no se habla de la fortuna de esperar por voluntad propia.

Todas las oportunidades se conjugan en pasado, como si el segundero se moviera a golpe de ocasión perdida. Las esferas que lo resguardan deben estar hechas de algún tipo de cristal blindado; ni después de arrebatarnos cada sueño nos salpica una gota de remordimiento.

Pero hay más. La putada de todo esto es que para sortear la inclemencia de encontrarse siempre tarde, se nos ha ocurrido adelantar el reloj.

No es suficiente con las horas que abandonamos, a su suerte, en el cruce que separa buenas intenciones de malas actuaciones. No. El remedio a esa hemorragia de momentos perdidos es darle a las manecillas el poder de ir primero, el gusto de ver cómo no sólo nos desangramos por lo que no ha sido, sino que donamos, también, los únicos instantes que podrían hacerlo ser. Ni aun con la ventaja de anticipar la herida, de saber que nuestras huellas están hechas de deseos que nadie conoció, somos capaces de no malograr el tiempo que resta hasta la siguiente caída.

Hace unos días me fijé en el reloj que solía utilizar antes de que se detuviera.

Ha cogido polvo.

Está, quizá, algo más deteriorado que la última vez que lo llevé puesto.

La correa, agrietada, ya no luce la negrura de antaño.

El cierre, por su parte, tampoco agradece la soledad de la estantería.

La esfera, sin embargo, no requirió más que una pasada con un trapo húmedo para volver a mostrar la disposición de las agujas.

Como aquellos, estaba sonriendo.

Mi reloj, en cambio, se paró a la 01:50.

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