Hace tiempo que no escribo desde el salón. De hecho, si no recuerdo mal, la última vez fue en 2017, cuando el año estaba ultimando su maleta y tenía reservado ya el billete de ida. Meses después, 2018 está también a punto de embarcar.
Y ha tenido que facturar. No ha podido llevar sólo equipaje de mano. El invierno vino largo y el otoño, aun suave, también trajo días fríos. Los abrigos ocupan mucho y, aunque en verano, salvo la piel, lo demás nos sobra, enero acostumbra a saludar con guantes y diciembre a despedirse con bufanda. Tengo la sensación de que sus bultos deben pesar bastante. No es fácil doblar experiencias y, normalmente, los momentos suelen arrugarse por lo de ir tan apretados. No obstante, lo más importante es que todo llegue entero, y, una vez se acomode, ordene con cariño los recuerdos, que son el souvenir de una vida.
El vuelo, al despegar de noche, probablemente sufra turbulencias. Da igual que viaje en primera clase o en turista; la alegría, el miedo, el amor o el desamor poco saben de aviones. Es cierto que, con la práctica, habrá aprendido a llevarlas mejor. Sin embargo, es inevitable que con cada nueva sacudida se encoja un poco el corazón. Ojalá sepa disfrutar de ellas. Ojalá, de verdad, no abandone jamás esa guerra. Al final, cuando eche la vista atrás, los días que volverán son sólo aquellos en los que tembló el alma.
Pero sé que llegará bien. Estoy seguro de que encontrará su sitio. Uno privilegiado, donde el sabor de un buen café se funda con la nostalgia que desprenden los acordes una guitarra de Pantín y un piano de Fuengirola. Uno que, sobre todo, sea un lugar al que regresar. Eso sí, un ratito y siempre de paso. No olvidemos que vida viene con piloto automático y sin marcha atrás. Creo que, en este tiempo, 2018 ha crecido, se ha convertido en algo más que 365 fechas. El paso de las semanas no ha sido arrancar las hojas de un calendario indolente, sino escribir las páginas de una historia con acento propio.
Me voy, que tengo que ayudarlo con el check-in.