A cada una

A cada reloj fatigado, una fotografía nítida.

El minutero ya no termina en punta y, ahora, aparece y desaparece como el ámbar de un semáforo. Por momentos parece cansado, pero no se olvida de que el tiempo es una carrera de relevos, y el segundero llegará primero para darle el testigo. A las agujas las empujan los recuerdos. La memoria es la garantía de que empezamos de cero. Que el blanco y negro sea una decisión y la siguiente instantánea nos cueste sólo un disparo.

A cada beso negado, una caricia gratuita.

La austeridad, de puertas para fuera. La avaricia al besar se vuelve contra nosotros, se enquista y metastatiza. Cercena los labios venideros y lo que ahorramos en saliva lo gastamos en lágrimas. Nos dijeron que había brotes verdes y alzamos la vista en busca de algo que tenemos enfrente. Puede que gestionar tenga más de gesto de que de administrar, y  que derrochar, aquí, sea más un derecho que un defecto.

A cada paseo mudo, una canción compartida.

No deberían existir los pasos sin banda sonora. Si al andar sólo se escuchan tus zapatos, vuelve a empezar. Cada melodía es un camino y aquel que discurre ajeno a los demás es porque no lleva a ninguna parte. Siempre se ha escrito sintiendo a alguien y se ha cantado pensando en cualquiera.

A cada abrazo sordo, una mirada cerrada.

Se toca con la voz, se escucha con las manos y se mira con la boca. Todo roce carente de sonido es un contacto afónico, un ademán de absolutamente nada. Algo parecido ocurre con los ojos. La diferencia entre ver y mirar es que, al volverse sustantivos, el primero es un sentido y el segundo un sentimiento.

A cada miedo impar, una letra coqueta.

Los temores deberían ser pares para que no se sintieran únicos. De no ser así, se convertirían en un niño malcriado con las formas de un caudillo, detentarían el poder y establecerían aranceles al resto de emociones. Y es entonces cuando la rebeldía se viste de esperanza, se alza a la sombra de un buen consejo y avanza, inquebrantable, hacia la caída de otro gobernante de paja que sucumbió ante unas palabras inclementes.

A cada silencio ordenado, una disputa irreverente.

Como en el desamor, somos mucho más en un desacuerdo que en un sosiego. Encierra más cariño una discrepancia honesta que una conformidad fingida. Gritamos porque hablar nos sabe a poco y una buena ofensa suena mejor mientras nos rasgamos las cuerdas vocales. La voz duele a veces; el silencio, siempre.

A cada desequilibrio acogido, una sonrisa casual.

La virtud descansa en el centro y, aun sabiéndolo, el funambulismo sigue siendo una disciplina inalcanzable para la mayoría. Nos pesan demasiado los extremos y nos pasamos la vida balanceándonos para evitar la inevitable caída. Las personas, animales de extrañas costumbres, nos empeñamos en creer que cualquier gris es mejor que todos los blancos, que todos los negros. La última red es una mueca alegre del que abraza el ocaso pintado del color que decidió escoger.

A cada él, ella.

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