Hoy una amiga afirmaba que “en tiempos de guerra, el amor es trinchera”. No es suyo, aunque ya nunca se lo reconoceré a nadie más. Sirvan estas palabras como agradecimiento, mi queridísima.
Pero… ¿Y en tiempos de paz?
No lo sé, no los recuerdo. Hace ya mucho que cogí el tren de la insatisfacción con el presentimiento de que no me apearía en ninguna de las paradas que pudiera divisar desde mi asiento, en preferente y ventanilla. El revisor, un señor entrado en años y con el pelo del color de la ceniza, ya ni me trata de usted. Es más, me ha instado a bajar, a veces casi a empujones, aun con el convoy funcionando a toda máquina. Que mi billete no comprende tantos viajes, insiste. Que, de querer continuar con el trayecto, abandone el vagón y espere al autobús que para, cada domingo, en la dársena Abnegación. Que mi carné joven ya está a punto de caducar, suele repetirme a menudo.
La verdad es que me cae bien. Estoy empezando a hacerle caso. Si finalmente me marcho de ese tren, echaré de menos al obstinado señor Faro, que es como le gusta que le llame.
He visto pasar varios abriles desde la última vez que firmé una tregua. Y, sin embargo, en cuanto retome el camino a pie volveré sobre mis pasos y pondré fin al armisticio de este desencanto. Ahí encuentro mi sitio. No entiendo otra cosa que no sea seguir en la brecha. No creo a quien no tiene guerras.
Y lo más importante, ¿y el desamor?
Va por libre. Es trinchera, fusil y cura. Lo anega todo y derruye, inmisericorde, lo que pertenece a más de uno. Si el amor es para los tiempos de guerra, el desamor vela por dar cuerda al reloj.
En él somos gigantes sobre extremidades de barro, animales enamorados y lágrimas con nombre propio. En nada, en absolutamente nada, me reconozco más que en el amar unilateralmente, que en el cariño sin correspondencia.
Nadie sale ileso de él. Desgarra con el pulso de un cirujano y dispara con la precisión de un francotirador. Siempre a dar. No obstante, nos vuelve humanos y nos enseña a crecer. Es más, vivir sin haber siquiera arañado el desamor es pisar la arena de La Caleta en tacones o escuchar a Pablo López sin la compañía de un piano.
“En tiempos de guerra, el amor es trinchera”…y en los tiempos que corren el desamor es la vida.
Interesante, me ha gustado tu artículo!
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