“El Valhalla es un enorme y majestuoso salón ubicado en la ciudad de Asgard, gobernada por Odín […] Cuenta con quinientas cuarenta puertas, cada una tan ancha como para que ochocientos guerreros puedan pasar por ellas marchando lado a lado […] Aquí, largas mesas brindan acomodo a los Einherjar (“combatientes solitarios”), los guerreros caídos en batalla, elegidos personalmente por Odín para estar allí […] Cuando un guerrero se ha distinguido especialmente por su valor, el mismo Odín se levanta de su trono para recibirlo, personalmente, en las puertas del Valhalla”.
Hace algunas semanas, uno de esos días en los que nada parece alterar el letargo por el que a menudo me dejo caer, Ibrahimovic volvió a ser protagonista. Mientras averiguaba el porqué, decidí reproducir un vídeo en el que, a modo de resumen, aparecían algunos de los goles más icónicos del futbolista sueco. Al tiempo, en una esquina del plano, un pequeño contador calculaba el número de dianas que había conseguido hasta el momento. La cifra, inquieta, no paraba de aumentar.
100…
250…
380…
430…
…500.
500 tantos. 500 veces. 500 veces tanto.
Me quedé perplejo. Sin embargo ahora, al recordarlo, me ofendo. Cómo dudar.
Pero no estoy aquí para esto. 500 es una suma imponente, probablemente inalcanzable para la mayoría de jugadores. De hecho, como él mismo afirmó tras conseguirlo, ha marcado más goles que partidos han jugado muchos de sus compañeros. Inigualable.
Sin embargo, el atractivo de tan soberbio dato reside en la manera de lograrlo. En su camino, rivales y aficionados, propios y extraños, han sido testigos de varios de los mejores goles que este deporte ha contemplado jamás.
Para muestra un botón. Para genio, él.
Y es que la esencia del juego de Zlatan es esa: la tremenda personalidad que hay detrás de sus condiciones con la pelota. Tocado por la varita que designa a los que nacen elegidos, nunca ha renegado de su naturaleza visceral, de ese carácter animal que lo ata siempre a sus demonios.
El fútbol de Ibra es la negativa, voluntaria, a separar su idiosincrasia personal de su talento para el balón.
No conozco ningún otro jugador de su jerarquía que, siendo poco más que un imberbe adolescente, y con la oportunidad más grande de su vida al alcance de un “Sí”, haya rehusado hablando de él mismo en tercera persona: “Zlatan no hace pruebas”.
Al otro lado de la conversación un tal Arsène Wenger, que por entonces dirigía un Arsenal con nombres como Patrick Vieira, Dennis Bergkamp o Thierry Henry.
“Zlatan no hace pruebas”.
Qué bueno que no lo hicieras. Qué bueno eras.
Disfruta lo que te queda.
Regálanos, por favor, los últimos destellos del presente que se te concedió.
Y prepárate. Odín te espera, como a los mejores guerreros, a las puertas del Valhalla.