Tienen miedo

Son las 14:57 en el vagón de un tren del Metro de Madrid. Una pareja se esfuerza en no parecerlo. Se hacen arrumacos dosificando cada roce. Son dos ajedrecistas con la mente puesta en el final de la partida. Mientras, miden las sonrisas y censuran todo amago de honestidad.

Pero en sus manos hay verdad. En sus caderas, delirio. En sus teléfonos, llamadas perdidas. Y en su ojos, miedo.

Se gustan, como la mujer al saberse, primero, libre, y luego, mujer de nuevo.

Se atraen, como la adrenalina del suicida al sentir el cañón de una pistola descansando entre sus dientes.

Se buscan, como el ludópata a la fortuna que espera hallar detrás de cualquier carta.

Pero se temen.

La batalla, sutil y elegante, no parece salpicar a un ego, todavía impoluto, que campa a sus anchas por el tablero que conforman sus inseguridades.

Pero la guerra se libra debajo de la piel. Allí donde aguarda el más certero, el más diestro de los enemigos: nosotros mismos. Ahí, el azabache no permite distinguir entre temer y tener.

El rey, flanqueado por alfiles con la respiración desordenada, se esconde tras las férreas torres erigidas sobre huesos. A él hay que derrocarlo, hacerlo caer. Enmudecer su latido y que solo quede el silencio de una zona cero.

No cabe tregua ni bandera blanca. Con el movimiento de cada ficha la ilusión de una victoria se atisba con cada represión y la certeza de la derrota se palpa en la sinceridad de los besos que se quedan en la recámara.

Tienen miedo de arrojar la armadura, desprenderse de la cota de malla y suplicar clemencia al oponente que, como he dicho, es un corazón con ademanes monárquicos abrazado a un trono hecho de temores ajados.

Suena el aviso de una nueva estación y termina la contienda. Sonríen al tiempo que salen del vagón.

Ella le recuerda, cogida de su brazo, que no son novios.

Él asiente.

La lucha continúa.

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