En estos días de prisas sin tregua y relojes con retraso, recordar es vivir en diferido. Y aun así, un regalo que pocos degustan en presente.
En estos tiempos en los que obviamos el ahora en pos del mañana, traer el ayer a la memoria resulta el spoiler más valioso que el calendario nos concede.
Paseando por Madrid he vuelto a saludarme, a preguntarme qué tal, a abrazarme con los escombros del que evoca una duda. Y en el mismo sitio y a la misma hora, unas palabras de Eduardo Galeano se sacuden el polvo que deja una demolición:
“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”
Cuánto pretérito guardan esas letras. Qué de sueños y quimeras descansan tras cada espacio.
Juro que un día, hace ya demasiado, quise escribir y esta cita fue la primera que me invitó a balar; sinvergüenza, sin andén.
Ni yo mismo sé bien por qué pero cada vez que me la he cruzado he tenido que girarme para mirarla por debajo de la cintura. Veo en ella una de las definiciones más fieles de esta compleja naturaleza nuestra. El espejo donde mirarnos cuando enmudezcamos ante la búsqueda de una respuesta a cualquier pregunta que comience con un qué.
¿Qué somos?
Somos el primer sorbo, de la última copa, que se tomará un pobre alcohólico.
Somos las notas que vuelven a sonar, cautivas, en la guitarra de una infeliz cirujana.
Somos el penúltimo beso en los labios de un infiel, que reserva el siguiente para quien nunca sabrá que siempre fueron tres.
Somos las noches en vela a la luz de una pequeña lámpara, faro en un mar de miedos plagado de notas de corte.
Somos el verso libre con el que un iluso engreído anhela vestir las calles de Madrid.
Somos absolutamente todo lo que sigue a un pero.
Somos el propósito detrás de cada paso y no el camino que dejamos al darlos.
Algún día retomaré aquella senda. Algún día concluiré aquellas líneas.