Me han contado de todo

Somos la vida en la que alguien un día basará su historia.

Viajes que discurren en paralelo y que, a veces, comparten parada. Capítulos que son hechos y experiencias que se tornan episodios. Un espejo frente a otro donde, a menudo, personaje y persona intercambian mucho más que un sufijo. Eso es vivir, eso es contar.

Y hablando de contar…me han contado de todo. De ascensos, de caídas, de victorias, de derrotas, de recompensas y de pérdidas, de regresos y de partidas, de autocomplacencia y de ambición.

Muchos de esos relatos ya concluyeron. Aquellas narraciones tocaron a su fin y hoy ya ocupan su lugar en la autopista, de doble sentido, que conecta memoria y nostalgia. Errantes, pero nunca perdidas, pues me formé más viendo la claudicación ajena que saboreando el triunfo propio. Historias con carácter, que dejaron un poso del que hoy florecen lecciones con más autoridad que cualquier facultad, que todas las nóminas.

Como he dicho, me han contado de todo. Echando la vista atrás resuenan con fuerza los días en los que me hablaron de libertad. De coger un barco, encontrar unos camaradas y besar los confines del mundo. Y hacerlo por voluntad propia, sin más imposición que la de no saber nunca qué depara la siguiente marea. Porque el tesoro era ese, el camino. En muchas lenguas, libertad es sinónimo de voluntad. Ser libre es una determinación. Si no, pregúntenle a Monkey D. Luffy.

Sin salir del mar, pero cambiando de barco, me contaron también lo que es el ingenio. De la mano de Trafalgar D. Water Law aprendí que siempre hay que tener un plan. Aunque si necesitara de uno, no se lo confiaría a otro que no fuera el bueno de Michael Scofield. Viéndolos quise ser médico y convertirme en ingeniero. Brillantemente. Decididamente. Incontrolablemente.

Al hilo de todo lo que me han contado, recuerdo de la misma manera cuando vi que los segundos también son capitanes. Ni los timones ni los brazaletes erigen a un líder. Roronoa Zoro y Mark Lenders, o cómo la ambición es la medida real de un sueño. Eso a lo que aspiras dice más que aquello a lo que estás dispuesto a renunciar para lograrlo.

Pero no sólo de astucia, anhelos y aventuras me han narrado historias. Hubo días en los que Jax Teller y Tommy Shelby me hablaron de familia. Me mostraron que sin ella nadie somos y que por una todo vale. Que querer a veces mata y a veces duele, y que hasta en los golpes más certeros se esconde la devoción más sincera.

No obstante, tengo que reconocer que no todo fue tan bonito. En este sinfín de relatos igualmente hubo cabrones. Cabrones como Ragnar Lothbrok, cabrones como Gregory House. Sin ser contemporáneos me evidenciaron que esto de ser un genio es atemporal. Me contaron que ambos hicieron de sus límites un aliciente y que vivir carece de sentido si tratamos de darle uno a todo lo que hacemos.

En definitiva, la verdad es que me han contado muchas historias. Sin embargo, una de mis favoritas, y que además es leitmotiv en todas a las que hice referencia, es aquella que habla de la lealtad. Hubo una vez un par de tipos que hicieron de la misma una forma de vida. Les sobraba talento, estaban hechos de la madera de los grandes y tenían actitud. Pero era eso que les unía al otro lo que nunca les dejó perder. Harvey Specter y Mike Ross. Mike Ross y Harvey Specter. Encontrar el nuestro, el de cada uno, es la clave del éxito.

Y después de tanto, como alguien dijo una vez, “lo bueno de las historias es que tienen un final”…y lo bueno de la vida es que es una historia real.

Como les decía, me han contado de todo.

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