Rezan así los últimos versos del incuestionable poema Nunca jamás, de Walter Saavedra:
“Cómo vas a saber lo que es la vida, hijo mío, si nunca jamás jugaste a la pelota”.
Leyéndolo una y otra vez, no consigo borrar de mi mente la imagen, siempre de albiceleste, de Diego Armando Maradona junto a un balón de fútbol.
Seguramente hoy, con el Mundial de Rusia como telón de fondo, el eterno 10 argentino sea más el oscuro negro de aquel dorsal que el claro azul de la misma remera. Nadie puede negar que en la retina de la mayoría, aun nubla la vista esa escena de Diego, mitad hombre, mitad espectro, abandonando el palco y a él mismo.
Y sin embargo, para mí sigue siendo el fútbol. El exponente más real de lo que significa ser futbolista. La quintaesencia del balompié. La máxima expresión de un deporte que, por jugadores como él, hoy es considerado y venerado como una religión.
El Pelusa es talento, sueño, ascenso, caída, recuerdo y fascinación. Si bien, de la misma manera no deja de ser, también, insensato, grosero, tramposo, insolente, charlatán y adicto. Amor u odio. Sentimientos encontrados e irreconciliables. La jugada de todos los tiempos o La mano de Dios. Genial en todos sus yoes.
De patear naranjas en cualquier potrero de Villa Fiorito a hacer temblar La Bombonera. De camino, en Nápoles se convirtió en ídolo y con Argentina acarició el mismo cielo.
Pero no fue suficiente. Para alguien en torno al cual se erigió una iglesia, y que no conoce más sentimiento que la devoción hacia una pelota y el fervor de quienes le adoran, someter este deporte no fue suficiente.
Y en el mismo camino decidió dar la vuelta y, con la genialidad intacta, aceptó el caluroso abrazo del ángel blanco. La figura, más translúcida, casi transparente, siguió siendo figura. Y continuó acurrucado, para entonces quizá preso, en el alféizar de una ventana con vistas al precipicio. Nadie sabe a ciencia cierta si encontró la salida: puede que lograra cerrar y escapar raudo y elegante, como aquel Pibe de Oro; o puede, no obstante, que salir fuese saltar y caer sea existir.
Besar el barro y la Copa del Mundo. Las franjas azules y blancas, las rayas, carentes de añil. En la zurda, el talento de un elegido, y en la espalda, la responsabilidad del que jugaba descalzo, desnudo. Para el corazón, la historia de un futbolista irrepetible, para el alma, la sentencia del 10 de siempre: «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.
Maradona nunca quiso ser ejemplo.
Maradona es el fútbol.