El sábado, al abrigo de la malagueña Plaza de la Merced, vi cómo dos pájaros se amaban en el abismo y me quede perplejo. Suspendidos sobre un alambre que empequeñecía muchos tejados, e invisibles a la vista de quien solo mira con los ojos, dejaron de ser extraños.
Se besaban. Se acariciaban. Probablemente sonreían. Seguramente, entre sonrojo y sonrojo, también intercambiaban confidencias. Quizá, con suerte, hasta quedaron prendados con el compromiso de lo efímero.
Mientras, el mundo giraba como siempre, sin pausa pero con prisa. Ajenos a la hazaña de entregarse a quemarropa, a la proeza de no saberse libres aun errando por voluntad propia; el reparto seguía interpretando su papel: creerse protagonista al tiempo que la cámara vira hacia otro lado. Como banda sonora, unas amigas germanas rendían pleitesía a su número 8, y un par de adolescentes apuraban las últimas caladas de sus respectivos pitillos. Todo bajo el minutero del mismo reloj.
Incomprensiblemente, nada de eso sostiene el porqué de estas líneas. Las letras que manchan este papel no responden a arrumacos que suenan a La Malagueta. Ni a la vorágine de extras que, sin remedio alguno, colmamos de nada el plano de otro. Ni siquiera al guante que calza por pie derecho el conocido teutón.
Escribo porque aquella pareja no miraba hacia abajo.
A más altura de la que sus quebradizos cuerpos podrían soportar, no dejaban ver un atisbo de duda. No había lugar para titubeos. No existía resquicio por donde la razón tuviera cabida.
Serenos como esos que solo se sienten en casa cuanto más larga y distante es la cuerda floja, aquellos temerarios desafiaban a los muchos que hoy caminan, con los zapatos puestos, sobre la orilla de cualquier parte. Exponían sin reparos que las motos sólo tienen dos ruedas y que, con la amargura como faro, enseña más una herida que quinientas retiradas.
Hoy, sin saber la fortuna que les habrá deparado abrazar el libertinaje de tener la vista al frente, un agradecimiento sincero vuela a ras de cielo. A menudo, el cautiverio de los ojos en nuestra propia sombra nos niega el regalo de ver más allá de nuestras narices. Estamos hartos de subir a los balcones y quedarnos absortos en el suelo. Conquistamos cimas para, únicamente, divisar lo que también se aprecia desde abajo.
Brindemos sobre los precipicios. Riamos a carcajadas al borde de una sima. Recreémonos ante la inmensidad de un acantilado.
Amemos sobre el alambre.