Corren malos tiempos para nudos en la garganta. Hemos dejado de escuchar voces entrecortadas. Todos saben qué decir y a nadie se le atraganta la saliva. Nos aterra la duda. El asombro, prólogo inmutable del ayer escrito con tinta indeleble, parece llamar hoy a cobro revertido. Las canciones suenan con desánimo, pidiendo perdón y permiso. Muy pocos son ya los que tienen la suerte de quedarse mudos, apretar los dientes y estar dispuestos a volver a ser.
Corren malos tiempos para ojos húmedos. Inundamos chats. Mojamos sexos. Empapamos prendas. Pero no calamos hondo. Nos empeñamos en negar que lo mejor de una buena película cae mejilla abajo y tiene acento de sal. Qué fue de aquellas sonrisas sobre las que descansaban las lágrimas. Dónde escondimos las palabras que, aun haciéndonos temblar, sostenían esta naturaleza nuestra.
Corren malos tiempos para cosquilleos en el estómago. No queda más que un ardor perenne, que un regusto amargo, que la sensación de que digerimos momentos sin saborear instantes. Las mariposas las heló el invierno. Hoy, tan sólo crisálidas, viven la condena de la autodestrucción mientras escuchan, de fondo, el sonar de la primavera que ya partió.
Corren malos tiempos para palpitaciones apresuradas. Emocionamos solo si es imperativo. “Me gusta” ahora se pronuncia en inglés y, paradójicamente, se demuestra pulsando un corazón. Lo más parecido a tocar adentro lo tenemos detrás de una pantalla que, a menudo, viene con protector para no arañarla, para no marcarla, para no romperla. Para no encontrarnos.
Corren malos tiempos para respiraciones desordenadas. En la búsqueda de algo que no sea, tan solo, inspirar y expirar, olvidamos que las pulsaciones que más disfrutamos son las que nos disparan otros. Las que van por libre y responden, únicamente, al perfume que no está. Correr y sudar cuidan nuestro sistema cardiovascular; sudar y correr, nuestra costumbre de ser memoria, de volvernos recuerdo.
Corren malos tiempos para casi todo, salvo para ser conscientes de que en el devenir de los mismos aguarda la oportunidad constante de mirar con los ojos vidriosos, sentir con el corazón raudo, respirar a pleno pulmón, percibir con el estómago hecho un ovillo y susurrar, con un hilo de voz, “te necesito”.