Pocas veces fue tan raro juntar letras. Siempre me gustó escribir y nunca me faltaron razones. No obstante ahora, cuando el ruido de las llamadas es recuerdo y las letras de los mensajes son memoria, este abril saluda enmudecido, gritando afonía.
Hace unas semanas leía que tememos al silencio. Por lo visto, nos aterra la idea de no oír nada más que a nosotros mismos. Vivimos instalados en una vorágine de ruido que, paradójicamente, nos impide escuchar algo. Saciar la sed en medio del Pacífico. La voz ajena nos acota el camino, mientras la opinión, aunque extraña, marca el tempo, la pausa y el adiós. Desgraciadamente es cierto. La ausencia de ruido no es otra cosa que el miedo a mirarnos a los ojos, cuestionarnos sin censura y confesar que, como rezaba un viejo cartel del instituto al que fui, aparentar tiene más letras que ser. Quizá, el silencio, es un espejo.
No hace muchos días, un compañero me dijo que acababa de sumar un año o de restar otro. La genialidad de lo simple. Maravillosa dualidad. Ganar y perder pocas veces fueron tan verdad. Páginas que van o páginas que quedan. Inconcebible sin su mitad. Para unos, lo que hemos vivido, para otros, el tiempo que nos queda. Pero siempre somos. Cuenta atrás o cronómetro. Dígitos que, discurriendo en este o aquel sentido, siempre se anulan. Quizá, el tiempo, es mientras.
Justo ayer, alguien me agradecía con la sinceridad de una sonrisa. Es curioso, y de la misma manera también triste, cómo los cementerios están repletos de epitafios cosidos con los remiendos de un todavía y bordados, a lágrimas, con el anhelo de un agradecimiento. Poner candados a una celda. Nos quitamos las gafas de la ingratitud únicamente cuando es de noche y no hacen otra cosa que ennegrecernos, aún más, la ya oscura marcha. Sabedores de nuestra impuntualidad, elogiamos lo que nos dieron, lo que tuvimos, cuando las butacas están vacías y la función ha terminado. Quizá, las gracias, son valor.
En silencio mientras doy gracias.
25 abriles.