Abogo

Dicen que los andenes son el último reducto para los abrazos sinceros. Garantes de las despedidas sin punto y seguido. Testigos de los besos tirados a quemarropa y las lágrimas que suenan con el acento que se va.

De la misma manera, albergan también la ilusión de sabernos hogar, de sentirnos norte. Desnuda a los hechos de haches siendo, siempre, de menos y nos regalan la oportunidad de ser última parada, de ser destino.

Pocos escenarios donde lo visceral llene más butacas. Convergencia de sentimientos encontrados; para algunos es alba, para otros ocaso y para nadie indiferencia.

Ahí donde los sueños se rozan con el compromiso. El lugar de los equipajes de mano corazón. Aquellos que a veces albergan lo que necesitamos, pero que a menudo lastran lo que anhelamos.

Allí se encuentra lo que no queremos buscar. Momento para aprender que la distancia supura por ambos costados y que los lazos, aún maleables, también se agrietan.

Y a pesar de todo, el sitio que nos hace más humanos. No recuerdo un andén sin hastío ni deleite. No recuerdo uno sin vigilia ni letargo. No lo recuerdo sin urgencia ni pausa. No sin amor ni desamor.

A cada lado del mismo, distintas historias. Viajes de ida, viajes de vuelta. Periplos que llegan tan lejos como el viajero alcanza a conceder. Recorridos que han acariciado oleajes ingobernables, pateado ciudades antaño majestuosas y cruzado miradas eternamente cómplices.

Comienzo de muchas cosas y final de todas.

Guía en la partida y argumento en el retorno.

Abogo por seguir viviendo en el andén.

Abogo por seguir balando en el andén.

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