Un orgasmo continuo.
Una calada interminable.
Un anhelo perpetuo.
Una amargura perenne.
Un estribillo eterno.
Nada sería menos fascinante.
Nada sería menos.
Nada sería.
Nada.
Somos temporizadores de sueños. Venimos al mundo con la cuenta atrás en marcha y la posibilidad de detenerla colgada del llavero que nunca prestamos.
Olvidamos que el Sol nos saluda porque la Luna se despide. Que me leerás con wifi porque no te quedan datos. Que lo mejor de la cerveza es no dejar que se caliente. Que lo ansiado de los 17 son las últimas 23:59. Que la distancia entre lágrimas y sonrisas la dicta un silbato y un reloj. Que lo que nos atrae de las estrellas fugaces es que a menudo no las vemos. Que lo bueno de las historias es que tienen un final.
Lo valioso de la vida es que un día será el último. La razón de vivir son quienes no quieren que llegue.
Soy de los que cree que nada dura para siempre y así debe ser. Todo lo que hoy tiene significado se lo debe a la fragilidad de lo pasajero.
Obviamente me gustaría poder besar a mi familia cada vez que vuelva a casa; firmaría empezar el máster de nuevo; pararía el tiempo en aquel viaje a Barcelona. Pero no está en mi mano. Y aunque así fuera no sé si lo agarraría demasiado.
Sostenía Aquiles en la maravillosa Troya que “…los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último […] porque nunca volveremos a estar aquí…”.
Suscribo cada palabra con el deseo de tornarlas hechos.
Así:
Resignémonos. Contrariémonos. Aprovechémoslo. Disfrutémoslo. Vivámoslo.
Una doctora en un solo de guitarra. Una abogada sobre una tabla de surf. Una ingeniera por Marlon Brando.
Lo que quieras, pero ya.
Aquí uno que ha empezado con un blog.
Un comentario en “Una ingeniera por Marlon Brando”