Llegó, se coronó y abdicó

Llevo ya varios días buscando una razón para ponerme de nuevo frente a las teclas. Tiempo en que las que las musas no han tenido a bien ni pasar a saludar. Ni un gesto, ni una muestra de interés, ni tan siquiera una mueca para que deje de dármelas de juntaletras con ínfulas. Nada.

Sin embargo, los minutos no han llegado a conformarse horas desde que he encontrado el argumento idóneo para estar sentado frente a la pantalla.

Aunque para nadie era ya un secreto, supongo que en el fondo todos albergábamos el anhelo de volver a verlo con un escudo en el pecho. Pero no, no será así. No, al menos, a nivel profesional. Y es que, Ronaldo de Assis Moreira, Ronaldinho, se retira. Marcha. Deja huérfanos a los que le vimos y a los que no. Deja sin referente a un fútbol que hizo suyo. Una escuela cimentada sobre calidad, alegría y amor por la pelota.

Evidentemente, no es mi intención exponer aquí los logros ni los títulos que ha cosechado. Tampoco enlazar siete vídeos donde aparezcan sus irreverentes jugadas. No. Eso ya está. Hoy más que nunca nuestros diarios de cabecera, y las consabidas redes sociales rebosan fervor y tristeza en torno a la figura del 10.

Estas líneas sólo tienen una razón de ser: rendir un ínfimo homenaje al talento más puro que he visto en una cancha de fútbol.

Probablemente sea lo más sencillo. Más, como digo, en el día de su adiós. No obstante, todo aquel con el que he tenido la suerte de charlar sobre fútbol, sabe de mi devoción por Ronaldinho. De lo que disfruto rememorando lo que un día le vimos hacer. De lo inalcanzable de su figura para cualquier otro.

Porque sí, es cierto que considero que Messi es el número uno. Por trayectoria, por títulos, por cifras. Pero también lo es que si medimos a los dos en su mayor nivel, en el cenit de su capacidad, en el apogeo de sus virtudes…me quedo con el brasileño.

No he visto a nadie, y por romanticismo me considero ciego en lo sucesivo, hacer lo que el Brujo de Porto Alegre le mostró al mundo en París, Barcelona, Milán o Belo Horizonte.

El espectáculo como sino. La magia a modo de rúbrica. El arte por el arte.

Repito: TALENTO PURO.

No contento con ello, Ronnie se queda, en exclusiva, algo con un valor casi a la altura de sus diabluras. No me refiero a la fama. Ni al dinero. Ni siquiera al respeto. Hablo de admiración. De llevarse consigo el resquemor y el asombro de otros cuyos nombres también están bordados con letras doradas en la historia de este deporte y que un día soñaron con bajar un balón como sólo él puede hacerlo.

Y sí, hoy también se hablará mucho de lo que pude ser y no fue. De por qué cayó tan deprisa como subió. Irrelevante. Es más, mejor así. Ronaldinho es Ronaldinho porque cuando tenía el mundo a sus pies echó una ojeada y se dio por satisfecho. Un genio.

En definitiva, y en palabras de un amigo mexicano: “Los Reyes sólo se coronan una vez”.

PD: si lo echas de menos, vuelve cuando quieras, Gaucho.

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