Un asiento en la memoria

He de reconocer que para quien les escribe, Navidad no deja de ser febrero vestido de etiqueta. Comidas por decreto. Regalos desangelados. Brindis sin fe. Y aun así, resulta complicado no experimentar ese espíritu instaurado que todos sentimos como propio.

No obstante, cada diciembre desde hace muchos, un viejo conocido pasa a saludar, certero y ágil. Con el monopolio sobre el derecho a no claudicar. Se presenta puntual. Sin invitación y con llaves. Por supuesto, sin el beneplácito de la bienvenida.

Se manifiesta en silencio, secundado por lo que callamos. Se hace fuerte en el desconsuelo. Se apoya en la melancolía y se yergue a expensas de la esperanza.

Y no hay remedio.

En estos días de idas y venidas constantes. De ser de aquí y de allí. En los que creemos tener una dársena en cada estación. En estos días, las fotos inacabadas gritan más que nunca. Y las felicitaciones perdidas. Y las sillas vacías.

El olvido, protagonista de estas líneas y leitmotiv en más reuniones de las que debimos permitir, llama a la puerta con anhelo cómplice. Aparentando unas formas que no le pertenecen. Como he dicho, siempre viene con llave.

Y entra.

Se coloca en el sitio desocupado.

Posa su mano en tu hombro.

Y de la misma manera, se marcha.

Olvidó, valga la redundancia, que estaba desocupado, no vacío.

Los que una vez se sentaron, ya no están. Pero el lugar es suyo. Sin cambiar la cerradura. Pues no hay mayor seguridad que la que les otorgó su partida; ser indemnes al tiempo.

Alzar la copa cobra sentido cuando es por ellos:

Por esos que ahora presiden otra mesa. Por la suerte que tuvimos de sentarnos a su vera. Porque hay almas que no entienden de relojes.

Seguimos en la brecha.

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