Llego a deshora. A la oficina, a casa, a estas líneas. Desde hace demasiado, vivo instalado en la constante insatisfacción de saber que no estaré a tiempo. Como quien ha sido condenado a perpetuar la falta de compromiso con el calendario, soy testigo de excepción en la desafortunada sentencia.
No obstante, que el estimado lector que malgaste su tiempo en estas palabras no se deje engañar por lo escrito hasta ahora. Cualquiera podría pensar que no llegar a tiempo significa, únicamente, aparecer con el mismo ya cumplido. O peor aún, creer que estas letras describen la estúpida trivialidad de sentir sonrojo por hacer esperar a alguien. No.
Cuando manifiesto esa carencia de acierto no es únicamente por demora. También premura. Despropósito.
Llegar a deshora es ir con el paso cambiado, aparecer cuando no te esperan, olvidar el beneplácito de la bienvenida. Construir incertidumbres que destruyan certezas. Alumbrar expectativas que nublen realidades. Ilusiones de barro. Es naufragar en el Sáhara. Perder el rumbo cuando sólo queda el Norte. Ser tan libre como un semáforo en ámbar.
Todo arrastrando a los frágiles protagonistas de la función. Sin quizá. Sin podría. Sin tal vez. Una especie de sistema binario donde siempre sale cero. Y es que no estar a tiempo no hace prisioneros. No hay lugar para una tregua. No hay atisbo de bandera blanca. Ni siquiera para la mitad inocente del error.
Los incautos elegidos avanzan inexorablemente hacia la indiferencia.
Y llega. De nuevo.
La constatación de saberte en lo cierto, a veces, tiene un regusto amargo.
Una vez más en el momento que no era.
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